¿Por qué la inteligencia artificial se está volviendo cada vez más cute?

¿Por qué la inteligencia artificial se está volviendo cada vez más cute?

Por Now Mag

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Meta y OpenAI están vistiendo a sus nuevos agentes de inteligencia artificial con mejillas rosadas, boinas y formas de peluche. Detrás de la ternura hay una estrategia de diseño que busca acercarnos a una tecnología que pronto podría tener acceso a nuestros correos, calendarios, compras y buena parte de nuestra vida digital.

La próxima etapa de la inteligencia artificial podría tener cara de juguete. Meta presentó recientemente a Jolly, la adorable mascota de su agente Muse: una criatura peluda, de mejillas rosadas y apariencia personalizable. Días después, OpenAI siguió una dirección similar con Dots, sus nuevos agentes representados opcionalmente por pequeños personajes de colores que pueden llevar anteojos, corbatines o incluso una boina.

La coincidencia no parece casual. Los agentes de IA prometen ir mucho más allá de responder preguntas: están diseñados para ejecutar tareas de manera autónoma, trabajar en segundo plano y conectarse con servicios como el correo electrónico, calendarios y otras aplicaciones. Muse, por ejemplo, puede realizar búsquedas de productos y avanzar en procesos de compra hasta solicitar la aprobación final del usuario. Dots, en tanto, fue presentado como un sistema capaz de desarrollar tareas durante largos periodos y aprender de las preferencias de cada persona.

Ahí es donde el diseño empieza a jugar un rol importante. Ponerle nombre, cara y personalidad a una tecnología abstracta ayuda a convertirla en algo familiar. No es exactamente una estrategia nueva: Microsoft ya lo intentó décadas atrás con Clippy, pero esta vez la diferencia está en lo que estos personajes son capaces de hacer y, sobre todo, en la cantidad de información que necesitan para hacerlo.

La estética cute puede disminuir la distancia psicológica frente a una tecnología compleja. Un personaje adorable se siente menos intimidante que hablar de un “agente autónomo basado en inteligencia artificial”. El problema es que esa misma cercanía puede llevarnos a asociar inconscientemente una apariencia amigable con conceptos como seguridad o confiabilidad. Justin Joseph, académico de Boston University, explicó a Fortune que los consumidores podrían terminar tratando estos sistemas menos como software y más como asistentes o compañeros.

Y el momento elegido es especialmente interesante. The Verge describe esta nueva generación como una suerte de “Tamagotchis de IA”: Meta incluso prepara un dispositivo físico asociado a Muse, mientras OpenAI trabaja en su propio hardware junto a Jony Ive. La estrategia parece avanzar primero por el vínculo con el software: conseguir que las personas se acostumbren a convivir con agentes personalizados antes de trasladarlos a nuevos dispositivos.

La discusión, entonces, va mucho más allá de si Jolly o los Dots son bonitos. Si un agente puede leer información personal, interactuar con nuestras aplicaciones y eventualmente intervenir en decisiones cotidianas, ¿cuánto influye su apariencia en nuestra disposición a confiar en él? Esa pregunta ya está generando críticas: organizaciones como Fairplay han cuestionado el uso de una iconografía asociada al universo infantil para promocionar herramientas de IA, mientras otros especialistas advierten que antropomorfizar estos sistemas puede hacer más difícil entender sus verdaderas capacidades y limitaciones.

Quizás por eso el nuevo lenguaje visual de la inteligencia artificial dice tanto sobre el momento que vive la industria. Después de años intentando convencernos de lo poderosa que puede ser la IA, las compañías ahora enfrentan otro desafío: conseguir que queramos dejarla entrar en nuestra vida cotidiana. Y para hacerlo, aparentemente, una boina y un par de mejillas rosadas pueden ayudar.

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